Lección Travesía Bíblica

Lección 367: Las Primeras Palabras Registradas de Jesús

Pasaje Bíblico: Lucas 2:41-52
Jesucristo no es sólo Señor y Salvador. Él es también nuestro ejemplo perfecto. Él es nuestro modelo de cómo relacionarnos con Dios y con las personas. Jesús, con solo doce años, ofrece algunas lecciones tanto para adultos como para niños.

Transcripción

En la cultura judía, todo calendario familiar colgado en la pared tenía un círculo alrededor de los días que marcan la Fiesta de la Pascua. En los días de nuestro Señor, la ley judía requería a todos los hombres, a partir de los trece años, que asistieran a tres fiestas anuales en la cuidad de Jerusalén: Pascua, Pentecostés y Tabernáculos.

Se hacían concesiones para que los hombres que vivían lejos asistieran solo a una de las tres, y la Pascua era típicamente la fiesta favorita.[1] Es en este mismo momento del calendario judío, que habría sido a finales de marzo o principios de abril, que Lucas nos da un vistazo de la infancia de Jesús.

Nuestra Travesía Bíblica nos lleva al Evangelio de Lucas 2:41:

Iban sus padres todos los años a Jerusalén en la fiesta de la pascua; y cuando tuvo doce años, subieron a Jerusalén conforme a la costumbre de la fiesta. (Lucas 2:41-42)

Este versículo es como una ventana en el hogar de José y María, a través de la cual podemos ver su devoción. La ley judía permitía que cualquier varón judío que viviera a más de quince millas de Jerusalén celebrara la Pascua en su propio pueblo y no hiciera ese largo y costoso viaje.[2]

Nazaret estaba a unas sesenta y cinco millas al norte de Jerusalén. José está fuera de ese perímetro de quince millas por mucho. Y, por cierto, la ley no exigía que las mujeres viajaran a ninguna de estas fiestas en Jerusalén. Y con eso en mente, leamos el versículo 41 otra vez: “Iban sus padres todos los años a Jerusalén en la fiesta de la pascua.

¿Lo notó? Todos los años. No querían perder esta oportunidad de adorar a Dios, en familia, en la ciudad de Jerusalén.

Este año en particular es significativo porque Lucas dice que Jesús tiene doce años. Está a pocos meses de ser miembro en la sinagoga. La costumbre moderna que celebra este hito se llama bar mitzvah. Bar mitzvá es “hijo de la ley” o “hijo del mandamiento”. A los trece años, el niño se convierte en un hijo de la ley, y eso significa que ahora es responsable de guardar la ley por sí mismo.[3]

Con doce años, viene Jesús y sus padres para seguir su compromiso anual de celebrar la Pascua. Esta fiesta anual celebraba la obra expiatoria de Dios a través un cordero de la Pascua, cuando Dios liberó a los israelitas de Egipto siglos antes.

Así que, quiero que note la ironía aquí: José y María traen al Libertador para celebrar la libertad de Israel. Traen al último Cordero de la Pascua con ellos para celebrar el sacrificio de estos corderos.

¡Guau! ¡Lo que significó esta visita! En la Pascua, Jerusalén – como cuenta la historia – se llenaba de peregrinos y mercaderes. José, María y el joven Jesús habrían ido a los establos a elegir su cordero. Quizás José dejó que Jesús escogiera el cordero para ese año. Un registro histórico indica que más de 250.000 ovejas serían sacrificadas en Jerusalén durante la Pascua.

Jesús habría visto al sacerdote recoger la sangre de ese corderito en un recipiente de plata y luego rociarla a los pies del altar del templo. José habría puesto ese cordero sobre su hombro, caminado con Jesús y María a su alojamiento, y preparado el cordero para comerlo esa noche. Se quedaban hasta tarde y mucha gente salían a las calles para celebrar con otros familiares y amigos. Otros esperaban la apertura de las puertas del templo a la medianoche, donde podían ir a orar.[4]

La celebración de la Pascua duraba una semana entera. La mayoría venía solo por dos días, según nos dice la historia – cuando tocaba comer la cena de Pascua.[5] Pero no José, María y el joven Jesús. Lucas dice específicamente en el versículo 43: “y al regresar ellos, después de haber pasado todos los días de la fiesta” (LBLA). En otras palabras, se quedaron toda la semana. No querían perderse ni un momento.

Y Jesús tampoco se cansó, evidentemente, porque decidió quedarse atrás. El versículo 43 dice:

Se quedó el niño Jesús en Jerusalén, sin que lo supiesen José y su madre. Y pensando que estaba entre la compañía, anduvieron camino de un día. (Lucas 2:43)

La gente viajaba en caravanas para estas fiestas por protección. Mujeres y niños viajaban al frente de la caravana, y los hombres viajaban detrás para asegurarse de que nadie se perdiera en el camino. Las dos secciones se reunían a la noche para poder acampar.

José pensó que Jesús estaba con María, y María pensó que Jesús estaba con José. Esa noche se dieron cuenta que Jesús no estaba con ninguno. Finalmente dijeron: “¡Dejamos a Jesús allá en Jerusalén!” ¡Imagínese, perder al Mesías!

Recuerdo que salí a comer con mi familia y algunos amigos en un domingo por la tarde; Yo tuve que venirme temprano para la iglesia; así que, mi esposa tuvo que venirse con mis hijos después por separado. Bueno, cuando volvimos a casa, ella me dijo: “¿Dónde está Seth?” — Ese era nuestro hijo de seis años. Yo le dije: “pensé que estaba contigo”, y ella dijo: “pensé que estaba contigo”. Lo había dejado allí en el restaurante. Sabe que volví corriendo y lo encontré sentado en la misma silla, mirando un partido en la televisión. No nos echó de menos por un momento. Pero que alivio que fue… el encontrarlo.

Una cosa es perder a uno de sus hijos en un restaurante, pero ¿se imagina lo que sería perder a su hijo allá en la bulliciosa ciudad de Jerusalén? De hecho, note el tiempo. ¿Se imagina buscarlo durante tres días, como dice el versículo 46? ¡tres días! ¡Vaya qué enorme alivio para José y María encontrarlo en el templo! Allí leemos:

[Jesús estaba] sentado en medio de los doctores de la ley, oyéndoles y preguntándoles. Y todos los que le oían, se maravillaban de su inteligencia y de sus respuestas.
(Lucas 2:46-47)

Él no extrañó a sus padres tampoco. No tenemos detalles sobre dónde se quedó y que es lo que comió; pero lo que leemos aquí es… que María y José lo encontraron finalmente en el templo.

María, como una típica madre, interrumpe esta sesión de preguntas y respuestas y dice en el versículo 48: “Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí, tu padre y yo te hemos buscado con angustia”. María reacciona como cualquier otra madre. Y dice: “¿Qué es lo que crees que estás haciendo? ¿Te das una idea de lo que pasamos?”

Y prepárese para esto: Son las primeras palabras registradas de Jesús en los evangelios. Versículo 49: “Entonces él les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?”

¡Guau! Como dice un autor, la respuesta claramente indica que, en este momento de su vida, Jesús, con doce años, está “plenamente consciente de su persona, de su relación con su Padre y de su misión”.[6] Puedo imaginar el gran asombro de los que estaban allí al escuchar eso.

Ahora, Quizás no se espere lo que viene en el versículo 51: “Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos.” Uno esperaría leer en su lugar algo como: “Fueron a Nazaret y ellos se sometieron a Él”. No, Jesús todavía tiene mucho que crecer. Él es el Hijo de Dios, y ya sabe eso ahora, pero también es un humano y debe someterse a sus padres humanos.

Por cierto, saber quién era Él no lo volvió orgulloso o rebelde hacia sus padres comunes y corrientes – simples humanos. No disminuyó su obediencia a ellos; sino, de hecho, realza Su obediencia.

Y la verdad es que lo mismo debería pasar con nosotros. Ya que pertenecemos a Dios como Sus hijos debería hacer que nuestras relaciones se distingan por la humildad y la gracia. Sabemos que Dios es nuestro Padre, al poner nuestra fe en Su Hijo, y ¿sabe qué? debería hacernos mejores esposos, mejores empleados, mejores estudiantes, mejores personas.

Saber que le pertenecemos a Él debe afectar todo lo que nos pertenece a nosotros.

[1] Warren W. Wiersbe, Be Compassionate: Luke 1-13 (Victor Books, 1989), pág. 32.

[2] William Barclay, The Gospel of Luke (Westminster Press, 1975), pág. 29.

[3] R. Kent Hughes, Luke: Volumen 1 (Crossway, 1998), 99.

[4] Ibíd., 100.

[5] R. C. H. Lenski, The Interpretation of Luke’s Gospel (Augsburg Publishing, 1946), pág. 162.

[6] J. Dwight Pentecost, The Words and Works of Jesus Christ (Zondervan, 1981), pág. 77.

Esperamos que este recurso lo haya bendecido.
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