Lección Travesía Bíblica

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Lección 371: Limpiando la Casa de Su Padre

Pasaje Bíblico: Juan 2:12-3:15

Jesús no solo predico amor y paz como a muchas personas les gusta imaginar. Sí, Él es amoroso y compasivo, pero también se enoja con el mal porque es santo y se preocupa por la verdad. Esa preocupación es evidente en este estudio del Evangelio de Juan.

Transcripción

El Cordero de Dios va a la Pascua

En los días de Cristo, el sueño de todo judío era celebrar algún día la Pascua en Jerusalén. Josefo, un historiador del primer siglo, escribió que en la Pascua la población de Jerusalén aumentaría a unos tres millones de personas y más de 200.000 corderos serían ofrecidos en sacrificio conmemorando esa primera Pascua y el éxodo judío de su esclavitud en Egipto.[1]

Juan 2:13 dice, “Estaba cerca la pascua de los judíos; y subió Jesús a Jerusalén“. Note aquí la ironía de este momento. El que fue presentado como el Cordero de Dios está presente en la fiesta junto con todos los corderos pascuales. Aquel que será sacrificado por nuestra libertad está en Jerusalén mientras la nación sacrifica a estos corderos para celebrar su libertad.

Ahora, de acuerdo con la ley de Moisés, solo un cordero sin mancha podía ofrecerse como sacrificio en la Pascua. Uno podía traer un cordero de su propio rebaño, pero los sacerdotes debían aprobarlo antes de ofrecerlo. Ellos crearon un mercado donde se podían comprar animales “aprobados” para el sacrificio en el templo. Pero lo que comenzó como algo conveniente se convirtió en corrupción.

 

Corrupción en el Templo

Inspectores pagados por el sacerdocio examinaban los animales que la gente traía para el sacrificio. Y ellos siempre encontraban una razón para rechazar el animal que la persona trajo de su rebaño, obligándolo a comprar uno en el mercado del templo. Y por lo que podemos reconstruir históricamente, los animales se vendían a diez veces su valor normal. Eso es como comprar palomitas en el cine o una hamburguesa en el aeropuerto. El costo se dispara. Saben que no le queda de otra.

Además de este problema, los sacerdotes cobraban una cuota anual, que era el impuesto del templo. Cada peregrino que quería entrar en el complejo del templo para adorar tenía que pagar. El tema es que todo tipo de divisas, todo tipo de monedas, circulaban en el área. Había desde monedas de plata de Roma hasta monedas de cobre de Egipto. El sacerdocio vio esto como una oportunidad de ganar más plata. Exigieron que todos los peregrinos cambiaran su dinero por la divisa del templo que llamaban “siclos del santuario”. Solo esta moneda se aceptaba para los pagos en el templo. Y, obvio, se cobraba una gran comisión por cambiar su dinero.

Para el tiempo de Cristo, estas empresas comerciales en el atrio del templo se conocían como el “mercado del templo”. Aún las apodaron: “los bazares de los hijos de Anás”, Anás fue un sumo sacerdote.[2] Y francamente, no era nada más que extorsión. Era corrupción de arriba abajo. Hasta el día de hoy, la religión corrupta siempre está más interesada en hacer dinero que en hacer discípulos.

Así que, con eso en mente, Jesús aparece ahora en el templo, y el Cordero de Dios está a punto de rugir como el león de Judá.

… y halló en el templo a los que vendían bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas allí sentados. Y haciendo un azote de cuerdas, echó fuera del templo a todos, y las ovejas y los bueyes; y esparció las monedas de los cambistas, y volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: Quitad de aquí esto, y no hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado. (Juan 2:14-16)

Jesús está haciendo más que solo voltear unas mesas. Está revelando Su autoridad sobre la casa de Su Padre. Durante la Pascua, era el deber de cada familia quitar de su hogar la levadura, que era un símbolo del mal.[3] Limpiaban todo su hogar.

Jesús llama al templo aquí, la “casa de su Padre”. ¿Sabe lo que hace? ¡Él está limpiando la casa! Él declara su propiedad y autoridad sobre el templo.

Ahora note el versículo 18: “Y los judíos respondieron y le dijeron: ¿Qué señal nos muestras, ya que haces esto?” Ellos sabían que la única persona con este tipo de autoridad era el Mesías. Lo que ellos querían – era ver Su licencia de conducir, por así decirlo, querían una prueba de Su identidad.

Jesús responde en el versículo 19: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré“. El versículo 22 explica que después de Su resurrección, Sus discípulos entendieron que estaba hablando de Su propio levantándose de los muertos al tercer día.

 

Cómo Nacer Espiritualmente

Continuando en el capítulo 3, Juan inserta el relato de un hombre llamado Nicodemo. Él era un líder religioso impresionado por las acciones de Cristo ese día. No estaba listo para hablar públicamente con el Señor. Así que, se escabulle en la noche a donde Jesús se hospedaba.

Este vino a Jesús de noche, y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él. (Juan 3:2)

Jesús va directo al grano, y responde: “El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3). ¡Él le acaba de decir a este líder religioso que no va a ir al cielo sin nacer de nuevo! Él sin duda ha hecho muchas cosas buenas en su vida. Nicodemo era un hombre ejemplar, pero no había confiado en lo correcto para la vida eterna.

Por supuesto, Nicodemo quiere saber cómo alguien puede volver al vientre de su madre para nacer de nuevo. Esta confundido. Jesús explica en el versículo 5: “El que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios“. Él continúa explicando: “Lo que es nacido de la carne, carne es, y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es“. (Juan 3:6)

La frase “Naciere de agua” o literalmente, “fuera del agua” —la bolsa de agua— se está refiriendo al nacimiento físico. O sea, Jesús está diciendo que haber nacido en el linaje de Abraham no era el boleto de Nicodemo al cielo. Uno tiene que nacer del Espíritu. Es decir, nacer de nuevo es un nacimiento espiritual.

Pero aquí está la otra pregunta que Jesús anticipa: Si el Espíritu de Dios es invisible, ¿cómo puedo estar seguro de tener un nacimiento espiritual? Jesús dice:

“El viento sopla donde quiere, y oyes su sonido, más ni sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo aquel que es nacido del Espíritu”. (Juan 3:8)

O sea, no se puede ver el viento, pero el viento deja tras de sí los efectos de su poder y presencia. Igualmente, el Espíritu Santo no se ve, pero puede presenciar los efectos de Su presencia y poder en aquellos que nacen de nuevo.

La pregunta de Nicodemo en el versículo 9 revela que todavía no entiende. Él pregunta: “¿Cómo puede hacerse esto?” Luego, Jesús presenta la ilustración más clara hasta ahora:

“Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree…tenga vida eterna.” (Juan 3:14-15)

Nicodemo de inmediato entendería la referencia de Jesús al capítulo 21 de Números, que enseña una conexión entre la fe y la salvación. En el desierto, Israel se quejó contra Dios. Dios le envió serpientes al campamento, y le dijo a Moisés que hiciera una serpiente de bronce y la pusiera en un palo. Y si a alguien lo mordían y miraba a la serpiente de bronce, de inmediato era curado, literalmente salvado del juicio de Dios. Igualmente, Jesús dice que, al mirarlo a Él, creyendo en Él, quien será levantado en la cruz, uno puede tener vida eterna.

Este es el sencillo mensaje de salvación por fe en Cristo. Lo estudiaremos un poco más en otra lección, pero por ahora, quiero que considere este desafío para Nicodemo.

Quizás se identifique con Nicodemo. Tal vez se siente como Nicodemo. Como él, quizás está confiando en sus buenas obras. Confía en sí mismo. Su fe está en usted. Pero está vacío. Usted necesita vida espiritual. Debe nacer de nuevo.

La salvación es un don de Dios, y se recibe por fe cuando mira a esa antigua cruz y pone su fe en el Cordero de Dios sacrificado para poder pagar por su pecado.  Allí donde está justo ahora puede pedirle que sea su Salvador. Cuando le pide que sea su Salvador, en ese mismo momento, nacerá de nuevo

 

 

[1] Flavio Josefo, Josephus: Complete Works, trad. William Whiston (Kregel, 1960), Wars of the Jews, 2.14.3, 6.9.3.

[2] Alfred Edersheim, Life and Times of Jesus the Messiah (Harper & Row, 1971), 1:371. 

[3] Ver Éxodo 12:15.

Esperamos que este recurso lo haya bendecido.
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